jueves, 23 de julio de 2026

CASTILLO DE LEGUÍN. EN LA MEMORIA Y EN LA HISTORIA.

 

CASTILLO DE LEGUÍN. EN LA MEMORIA Y EN LA HISTORIA.

 

Por Simeón Hidalgo Valencia (23 de julio de 2026)

 


Hoy es 23 de julio y en tal día como hoy, pero del año 924, el mayor ejército de la época, las huestes del emir Abderramán III, en su Campaña contra Pamplona, cruzaron el Valle de Izagaondoa y arrasaron todo a su paso.

Hoy se cumplen los 1102 años de esos hechos en los que el Castillo de Leguín, fortaleza importante en la defensa del reino que vigilaba el camino real de Pamplona a Sangüesa fue destruido por primera vez. Las crónicas árabes lo citan también por primera vez.

Cuando hace dos años se conmemoraron los 11 siglos de esta cita, ningún organismo oficial parece que se acordó del hecho y solamente los lugareños, los que están en contacto diario con su pequeña historia, se acordaron y subieron a conquistar de nuevo este lugar que un día fue estratégico, aunque hoy sea una ruina. Ruina, hay que decirlo, fomentada por la falta de interés de quien debería defender estos patrimonios arrasados pero que, como testigos de la Historia, siguen reclamando se les tenga en cuenta.

No sé qué pasa con el Castillo de Leguín que sigue ahí esperando su turno para que la Institución Príncipe de Viana se decida a hacer algo por sacarlo del olvido al que se le ha sometido y recuperar su memoria, pues forma parte de la Historia de los orígenes del Reino de Pamplona. Sería un buen detalle que haría visible la tan de moda preocupación por el desarrollo de nuestros pueblos.

Yo, en su día, lo recordé y escribí sobre el Castillo de Leguín y no lo olvidé y menos lo desprecié, minimizando su papel dentro del patrimonio navarro como otros hicieron.

Hoy 23 de julio lo vuelvo a recordar al cumplirse, al menos, sus 1102 años. Sus restos siguen ahí interpelándonos.

En su recuerdo añado el Capítulo 12 del libro “Castillo de Leguín. (924-2024) En la Memoria y en la Historia”.

 

“¡Sí! ¡Era el tiempo de la parca, el día del juicio final, el momento de la venganza suprema!

Este era el pensamiento que día y noche maquinaba el emir Abderramán en su cabeza y se propuso llevarlo a rajatabla no sólo hacia el infiel rey de Pamplona, sino también hacia los reyezuelos musulmanes que, bajo apariencia de sumisión, lo que más les interesaba era vivir siendo independientes del poder cordobés. Por eso no emprendería el camino directo hacia la frontera del norte, sino que primero impuso su autoridad entre sus supuestos seguidores para que, de una vez por todas, tanto los creyentes de Alá como los infieles cristianos conocieran su ira y su poder.

Y con esta idea y un inicial poderoso ejército partió de Córdoba el 9 de abril del 924 y empleó más de dos meses confirmando su autoridad a medida que avanzaba y engrosando aún más las huestes de su ejército con las fuerzas de combate de los musulmanes de Baza, Lorca, Murcia, Játiva, Valencia, Alpuente, Daroca, Calatayud y“Al Nasir, continuando su marcha a la cabeza de los guerreros tan numerosos como granos de arena, penetró en Tudela, plaza fronteriza, y los Tuchibíes y otros se presentaron ante él; se le juntaron los gobernadores de la frontera que llevaban tropas numerosas y perfectamente equipadas…”

Más de 50.000 soldados había reclutado durante esta primera fase entre caballeros, arqueros o infantes, amén de un numeroso ejército de civiles, hombres, mujeres, niños y niñas que atendían las necesidades de los combatientes. Con ellos saldría decidido desde Tudela hasta el corazón de la guarida del pérfido Sancho, llevando en sus ojos el fuego destructor, en su pecho el odio y en su fuerte brazo la cimitarra alzada dispuesta a segar cabezas coronadas.

“… y entró en territorio cristiano el sábado 4 rabí II (10 julio) con la firme intención y el decidido proyecto de vengar a Alá y su religión de los miserables e impuros infieles”.

El rey Sancho convocó a los señores y a la vista de los informes de sus espías, que le describían las fuerzas del ejército musulmán realmente tan numeroso como los granos de arena y las estrellas del firmamento, dio la orden de que a medida que se atisbara en lontananza la polvareda levantada en su avance y vieran oscurecerse el horizonte, todos los habitantes, desde los niños hasta los ancianos recogieran su ganado y la cosecha que pudieran transportar y abandonaran sus aldeas. Que se escondieran y refugiaran en lugares recónditos, fuese en la espesura de los bosques, en cuevas inaccesibles o en las cimas de las altas montañas donde estuvieran siempre en situación de ventaja si tuvieran que luchar con sus propios medios contra sus invasores.

Igualmente decidieron la forma de lucha que presentarían a sus enemigos al que tendrían constantemente vigilado en sus movimientos aprovechando los lugares angostos, desfiladeros y vados de los ríos para caer por sorpresa sobre la retaguardia o sobre su avanzadilla, evitando el campo abierto y al grueso de sus fuerzas. Hostigarlos a base de la guerra de guerrillas y emboscadas causándoles en poco tiempo el mayor número de bajas.

Sabía de la crueldad que el emir, su sobrino político, empleaba y por ello decidió que mejor arrasara las aldeas, las fortalezas, los campos y las cosechas que la vida de sus gentes.

Desde la distancia prudencial que la guerra requería controlaría cada movimiento que hiciese y actuaría en consecuencia enviando las tropas adecuadas a cada situación. Allá por donde pasara, Abderramán se encontraría con las puertas abiertas, con las casas vacías, las fortalezas rendidas y esta estrategia, pensaba el rey Sancho, enfurecería más y más al emir cordobés y sería más fácil que su falta de templanza le hiciese cometer más de un error estratégico.

Así se encontró al primero de los castillos al que se dirigió: “El primer sitio en que acampó dentro ya de su territorio fue el Castillo de Cárcar (Qlgra), que Sancho había evacuado; lo hizo desmantelar y quemó todo lo que en él había”.

Peor suerte tuvo un grupo de aldeanos de Peralta, lugar al que se dirigió después de Cárcar, pues a pesar de haberse refugiado en las cuevas del acantilado, el emir mandó a sus expertos escaladores y dieron con ellos y sin piedad los aniquilaron. No hubo piedad para nadie.

“De ahí pasó al lugar llamado Peralta (Bitra Alta) en cuyos alrededores se encontraban castillos fuertemente situados; los cristianos los evacuaron, pero dejando en la llanura todos sus bienes y víveres, que no tuvieron tiempo de llevarse. Algunos de ellos se refugiaron con sus mujeres e hijos en tres cuevas situadas al extremo de una cortadura dominando el valle; pero nuestros soldados no cesaron en sus ataques, y bien elevándose hasta allí, bien bajando hacia ellos, acabaron, gracias, gracias a Alá, por dominarlos; mataron a los hombres, redujeron a los niños a la esclavitud y se apoderaron de lo que dejaron los vencidos, encontrando allí el primer botín con que Alá le gratificó en el curso de la campaña. Los castillos de esta región fueron destruidos y no se dejó una piedra en pie”.

Este era el destino de quien cayera bajo las garras musulmanas. La muerte y en el mejor de los casos la esclavitud. Mujeres y niños que iban engrosando el botín de guerra junto a las riquezas materiales que los vascones dejaban en la aldea por no poder acarrearlos. Detrás de las tropas musulmanas sólo quedaba muerte y destrucción, piedras humilladas de altivas fortalezas, cosechas y viviendas quemadas y un olor fétido a carne humana en descomposición bajo bandadas de buitres carroñeros. Pero dado que el emir Abderramán no tomaba posesión de la zona destruida y ni ponía guarnición militar en los castillos, que se limitaba a destruirlos, pasada la tormenta volvía la calma y la vida renacía con los supervivientes que empezaban de nuevo a reedificar las casas de su aldea.

Desde Peralta se dirige el ejército invasor a Falces y de aquí a Tafalla y Carcastillo decidido a penetrar en la misma cuna del nacimiento del impío rey Sancho Garcés I, una vez superado, siempre vigilante y en orden de batalla el desfiladero de Al-Markwir “…llevando sus tropas por lugares donde jamás habían penetrado, incendió los castillos y arruinó las viviendas hasta que llegó a la aldea de Bashkwnsa (Bakwnsa), de donde el cristiano era originario y donde fueron destruidas todas las casas y todo lo que se encontró fue incendiado”.

Pero no todo eran victorias del emir porque también tuvo no pocas bajas en su recorrido veraniego por las tierras vasconas hasta llegar a Pamplona, aunque las crónicas árabes las minimizan y contrarrestan estos fracasos con exageradas victorias. Así se aprecia en el relato de la jornada del 21 de julio.

“Entonces Sancho reunió a sus correligionarios y mandó pedir socorro a todos los países cristianos de donde podía esperarlo, si bien él se encontraba a la cabeza de fuerzas con las que contaba hacer frente a los musulmanes. Como en la noche del martes al miércoles 15 rabí II (21 julio), un grupo de caballeros vigilaba desde las montañas que dominaban nuestras tropas, al-Nasir hizo tomar las medidas de combate, apretar las filas y organizar una activa vigilancia. Llegada la mañana, se puso en camino y siguió siempre adelante, poniendo su confianza en Alá y contando con su apoyo. Se encontró así en medio de altas montañas y picos aislados, donde los enemigos de Alá esperaban encontrar una ocasión favorable para caer, bien sobre un ala, o en la retaguardia de los nuestros. El ejército estaba metido en estos estrechos lugares, cerca del río Hega (Hyga), cuando los caballeros enemigos descendiendo de las alturas iniciaron una escaramuza sin importancia. El Emir hizo desmontar su gran tienda, tomó sus disposiciones de combate y los musulmanes se lanzaron como leones sobre sus enemigos, pasaron el río para llegar hasta ellos y les cargaron con rabia hasta que fueron desalojados y puestos en fuga; después a golpes de sable y de lanza les obligaron a ganar un lugar escarpado en una montaña aislada. Pero los musulmanes les asaltaron y habiéndoles Alá allanado las dificultades de acceso, mataron gran número de enemigos, cuyos cadáveres cubrieron el suelo. La caballería saqueó la llanura sin descanso y recogió botín, ganado y toda clase de riquezas. El ejército se retiró sano y salvo, no habiendo perdido más que a Yakub ibn Abu Jalid Tuberí y un pequeño número de hombres del cortejo del príncipe que encontraron el martirio y para los que Alá había decretado la felicidad celeste. Se reunió gran número de cabezas de cristianos que la dificultad de los caminos y la gran distancia impidieron enviar a Córdoba”.

 

El camino real que unía Sangüesa con Pamplona, la aldea natal de rey Sancho la primera, y la gran ciudad, centro de su reino la segunda, transcurría camino de Lumbier y seguía por Urraúl recorriendo después la llanura interior de Izagaondoa, entre la sierra de Gongolaz y la Peña Izaga y tornaba después hacia el Poche de Lakidáin divisando desde su altura la rica comarca de Pamplona.

En estos días de julio de 924 lo recorrían afanados labradores que iban y venían a realizar sus faenas en el campo, dispuestos a recoger la cosecha del cereal. También pasaban, con el paso ligero, algunos penitentes peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela buscando en este trayecto la protección de los hombres del rey, que no cesaban de llegar para situarse en lugares estratégicos preparando las emboscadas al ejército musulmán.

 Eran días de duro trabajo, la misma tarea hora tras hora, los mismos movimientos desde el amanecer hasta la puesta del sol, descansando únicamente a la hora sexta cuando el sol llegaba a su cenit y se agradecía una buena sombra para echar la siesta después de alimentarse con las viandas que las mujeres o los niños habían llevado hasta el campo.

Se trabajaba de prisa intentando poder salvar cuanta más cosecha mejor, pues las noticias que llegaban desde Sangüesa por boca de los mensajeros que se dirigían hasta Pamplona no eran buenas. Los moros habían salido de Tudela y habían penetrado en territorio cristiano y el mismo emir de Córdoba venía al frente de un numeroso ejército que a su paso sembraba de muerte los caminos y arrasaba aldeas, fortalezas y todo lo que se le interpusiera. Quien no moría degollado era tomado como esclavo. Todo el mundo debía prepararse, pues la ruta que el ejército musulmán había tomado era precisamente el Camino Real.

La paz en el valle se terminó de repente al ver a los mensajeros del rey Sancho galopar como el viento camino de Pamplona avisando a voz en grito, sin detenerse, del terror que se les acercaba. Se había visto al enemigo en dirección a Lumbier y en una jornada o dos la tierra de Izagaondoa temblaría al paso del numeroso ejército musulmán. Había que apurar el trabajo pues lo que no se llevaran consigo o lo ocultaran en lugar seguro sería botín de guerra del emir. Había que asegurarse el pan hasta la cosecha siguiente.

Las noticias que dejaban al trote los mensajeros eran cada vez más inquietantes. “El Emir llegó después a la etapa de Lumbier (Labira)”. Lumbier había sido arrasada, su castillo derruido, sus casas, las cosechas del cereal y hasta sus viñedos ardían oscureciendo el sol por el horizonte. Su próximo objetivo, Izagaondoa.

Era el mes de julio del año 924, día 23 y en todas las aldeas de Izagaondoa reinaba la quietud y el silencio.  Ni los gallos cantaron al amanecer.  Sus gentes habían seguido la consigna del rey García y de los señores. –“Que el musulmán no encuentre más que vacío a su paso”. Así pues, la noche anterior salieron con todo lo que pudieron de sus casas y se ocultaron en los bosques unos o subieron a lo alto de la Higa de Izaga otros, buscando la protección de los soldados vascones que desde la cima vigilaban ocultos, o se alejaron hasta los valles cercanos, pero lejos del camino real.

En la oscuridad el cielo resplandecía rojizo a causa de los incendios provocados por la avanzadilla enemiga mientras cientos de antorchas se dispersaban en todas las direcciones de la llanura, menos hacia Lumbier, pues desde allí venía el mal. Familias enteras con sus pocos enseres, sus provisiones y sus animales de granja buscaban seguir vivos al amanecer.

Era el 23 de julio y el día amaneció soleado hace casi mil cien años hoy, y como en el 23 de julio de 2009, decía el abuelo desde la experiencia de lo mal que lo pasó, todos en el valle, señores y campesinos, temieron por sus vidas y guardaron silencio y vigilaron desde sus escondites el paso de este destructor ejército. ¿Qué quedaría en pie?, se preguntaban inquietos.

Ocultos a lo largo de la crestería de la Higa de Izaga cientos de ojos vigilaban al ejército musulmán que avanzaba por el paso entre las extremidades de la sierra de Tabar y la de Gongolaz entrando en el valle de Izagaondoa. Lo recorrerían hacia el oeste en dirección a Pamplona.

Era el mes de julio, era el mes de la siega y en los campos no había ni un segador, ni una carreta transportando las gavillas de trigo. El valle parecía muerto.

Los soldados del emir buscaban hacerse con un buen botín, pero poco encontraron por lo que a su paso daban fuego a todo lo que ardía, campos, casas, árboles frutales y bosques.

“¡Que mueran de hambruna y frío en el próximo invierno!”. Las tropas del rey Sancho se limitaron a vigilar. No tendieron escaramuzas. Había que conservar las fuerzas para las siguientes jornadas. Al fin y al cabo, la gente del valle estaba a salvo y ninguno osó desobedecer el mandato del rey.

 

En la etapa número 13 de la campaña del 924 el emir se dirigió “luego a la de Leguín (Lgïn); las tropas arrasaban todo a su paso, destruían las cosechas, arruinaban las aldeas y castillos”.

Y el castillo situado en la cumbre de Leguín era el faro que vigilaba toda la llanura y en él puso su penetrante y turbia mirada el emir cordobés y lo sentenció, como a todas las torres de vigía y castillos que había encontrado a su paso, a ser desmantelado piedra a piedra. 

Por todas las laderas del monte subían los soldados musulmanes encargados de estas operaciones de desmantelar las fortalezas cristianas y a su paso toda la vida desaparecía. Talaron el arbolado, mataron animales que salían de sus guaridas, envenenaron los manantiales de agua y arrasaron el poblado que habían levantado los vascones a la sombra de la alta torre circular del castillo. Tampoco aquí encontraron resistencia. Las puertas estaban abiertas dándoles la bienvenida.

De alguna manera esta era la victoria del rey Sancho sobre Abderramán, pues lo que destruía se volvería a levantar una vez pasara la tormenta. Las gentes volverían a su tierra y piedra a piedra levantarían las aldeas, el castillo y renacería la vida, los campos abonados por el fuego darían la próxima primavera nuevas espigas y el mes de julio, como todos los años, los campos se llenarían de trabajadores recogiendo la nueva cosecha.

Terminada la demolición del castillo los soldados se unieron a las tropas que en su avanzada hacia el poche de Laquidáin saqueaban todo a su paso. Desde la cumbre de Izaga las tropas cristianas vigilaban y se aprestaron a llegar a Pamplona antes que su enemigo, mientras desde el valle las llamas subían hacia los altos avivadas por un fuerte viento que hizo recordar a más de uno la imagen de los fuegos del infierno.



Al ponerse el sol Izagaondoa estaba arrasada. Algunos vecinos, los más valientes bajaron al llano. En sus rostros se reflejaba el dolor por la desolación, pero a la vez la esperanza por el futuro y las ganas de vivir. Los niños que los acompañaban eran su motivación y aunque se habían quedado sin techo no les importó dormir al raso en una noche doblemente calurosa de finales del mes de julio. Era la noche del 23 y en la cima de Leguín la luna ya no iluminaba la torre circular del castillo.

Las tropas del emir derribaron también la torre de vigía de la cima de Irulegui y el mismo Abderramán subió en su caballo y vio desde su altura la llanada de la cuenca de Pamplona. Allí estaba la cuna del impío Sancho. Allí, se vengaría cien veces. “Allí, mañana, segaré a cuchillo, como a corderos, los cuellos de sus habitantes. Como la antigua Cartago, Pamplona y sus gentes desaparecerán mañana”.

 

El mañana llegó y fue un paseo del emir hacia Pamplona y enfureció porque “llegando así a Pamplona, que se encontraba abandonada y desierta. El príncipe en persona penetró allí y después de haber recorrido la población, dio orden de destruir todas las viviendas y la iglesia que allí había y que servía de templo a los infieles para realizar sus prácticas religiosas; no quedó piedra sobre piedra”.

Fue lo más que pudo hacer, pues ni una sola cabeza segó y como en todos los lugares por los que pasó sólo pudo incendiar cosechas, destruir murallas, derribar y quemar casas, iglesias y palacios. Ni tomó posesión de aldeas, fortalezas o ciudades. Pasó cual ráfaga de fuego destructor y se dirigió de nuevo hacia Tudela donde los muladíes Banu Casi fueron despojados de su poder y llevados a Córdoba como fuerzas de su ejército. En su lugar confió la defensa de Tudela a los tuchibíes de Zaragoza en la persona de Abn  Yahya Muhammad ibn Abd al Rahman ibn Abd al-Aziz y sus descendientes.

Aunque había habido bajas en el ejército de Sancho Garcés y mujeres y niños fueron hechos prisioneros y vendidos como esclavos, pasado el huracán las cosas volvieron a su ser…

 

El reino de Pamplona se fue expandiendo y consolidando durante doscientos años, hasta que el rey Sancho VI, el Sabio, pudo firmar sus disposiciones como el rey de Navarra.

Para entonces el Castillo de Leguín había sido reedificado y vuelto a ser el faro de vigía de Izagaondoa, en el que el mismo rey Sabio tuvo su refugio en momentos otra vez turbulentos bien avanzado ya el siglo XII”.

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