LA IGLESIA DE SAN MARTÍN DE
GUERGUITIÁIN - II
Por Simeón Hidalgo Valencia
(23-06-2015)
*GUERGUITIÁIN (año del Señor de 1170)
Sólo el trino de los pájaros rompe el silencio. Cientos de voces anuncian
la alborada del nuevo día, dispuestos a contemplar renacer una vez más al dios
supremo de la Naturaleza y levantar con
ellos el vuelo. Hoy llegará al máximo su imperio sobre las tinieblas.
Su canto es más agudo que el de otros días, porque hoy han de despertar
al maestro constructor, que es nuevo en el lugar. Ha llegado no se sabe desde
donde, siguiendo el camino de las estrellas. Aquí se ha quedado por aceptar un
encargo importante del señor de Guerguitiáin. Le ha encomendado construir una
iglesia en piedra que sirva para la salvación de su alma, pero también para
demostrar su poder frente a los señores de Besoia, Celigueta y Muguetazarra que
rivalizan por construir la propia más grande y hermosa, según la moda del
momento.
Durante el tiempo que lleva este ser extraño, lo han visto pasear por
estos parajes solitarios, refugiados y medio escondidos a la sombra de la higa
de Izaga donde cuatro chabolas conforman un pequeño señorío, cuyo amo quiere
renovar su humilde oratorio de madera por una gran iglesia de sólidos sillares.
El señor de Guerguitiáin desea sorprender a sus rivales con un gran recinto que
sirva a la vez de sitio de oración y de refugio de sus gentes, de sus ganados,
de sus víveres, de él mismo y de toda su familia, en tiempos de calamidades.
Lo han visto detenerse y contemplar todos los detalles del terreno, de los
campos de trigo, de los majuelos, de los árboles del bosque y hasta escuchar
atento el canto de algún que otro pajarillo y mirar las estrellas en las noches
de luna nueva y por el día hacer garabatos con un palo sobre el terreno y
borrarlos con las sandalias que calza y volver a hacer líneas y dibujos y
borrarlos de nuevo, absorto en sus ideas y hasta le han observado trabajar
encorvado martilleando la piedra y curiosos se han acercado a ver los motivos
que tallaba.
Lo han visto los dos últimos días más activo al frente de sus
ayudantes, a los que ha encomendado allanar una pequeña loma del terreno y
observar más atento el horizonte al punto del amanecer. Parece que como ellos
espera algo del sol.
De víspera lo han visto preparar unas varas de avellano bien rectas y
clavar una de ellas en el terreno aplanado. -¿Qué irá a hacer este hombre?- se
preguntan unos a otros. Parece que su trabajo comenzará de par de mañana con el
alba. Por eso han entonado sus cantos más fuertes que de costumbre.
El maestro cantero se ha despertado el primero con el canto de los
pájaros y a empellones ha hecho que se levanten sus discípulos. -Es la hora-,
les ha dicho como saludo y se ha puesto a trabajar.
Cada cual se ha dedicado raudo a la tarea encomendada y ensayada desde
hace días, pues es necesario trabajar con precisión y rapidez pues el instante
es el que es y el día propicio es el que amanece hoy.
Afortunadamente la noche ha sido despejada y el cielo nocturno ha
lucido con millones de estrellas en esa Vía Láctea surgida del pecho de la
diosa griega Hera.
No hay tiempo que perder. Los bártulos para esta tarea están todos
preparados. En la vara de avellano ya colocada de víspera en el punto indicado
por el maestro se inserta la pieza circular que servirá de referencia. Otra
segunda vara, igual que la ya dispuesta porta el primer ayudante oficial para
entregársela en su momento al maestro. El aprendiz más adelantado, de los dos
que tiene a su costa el maestro, porta la cuerda de doce nudos, colocados a la
distancia de un codo uno de otro. La cal, los azadones, los picos, las estacas,
los cordeles,… todo lo necesario. No falta nada.
Así esperan la salida del sol. Con el primer rayo que surja desde el
horizonte buscará el maestro el eje central de la iglesia que va a levantar.
Junto a él, el fraile del lugar reza a Jesús, el nuevo sol invictus, para que
todo salga perfecto.
Se hace el silencio. Se contiene la respiración. Es el momento. Se
adivina un alo de luz que se eleva sigiloso pasando del tono anaranjado al
blanquecino y de éste al amarillo y un punto luminoso aparece por el horizonte
y de repente, ante el asombro del señor de Guerguitiáin y de los lugareños que
han acudido, se escucha un ¡oooooh! de admiración.
En un instante un solitario rayo de luz de oro sale despedido directo
hacia la explanada preparada.
Rápidamente el maestro busca la luz y la sombra de la vara colocada de
víspera y coloca la que le entrega su oficial haciendo coincidir en una sola línea
el rayo de luz despedido desde el horizonte, la vara que está fija y que ya
extiende su alargada sombra hacia él y sobre ella clava la segunda vara. Los aprendices unen las dos varas con el
cordel que han desenrollado y se aseguran de que quede bien tenso sobre el
suelo.
Afortunadamente el amanecer ha sido despejado y han tenido un
bello y generoso sol que ha hecho
posible trazar el eje de la iglesia. La primera, principal y básica tarea ha
salido a la perfección. A partir de aquí con la cuerda de 12 nudos se buscarán
las escuadras y se darán las medidas para la largura y anchura del rectángulo
que formará la nave del recinto y con un cordel de la mitad de la anchura de la
nave se hará la semicircunferencia que delimitará el ábside. Luego habrá que
repetir toda la operación para hacer el grosor de los cierres perimetrales y
marcar rincones y esquinas con estacas y echar cordeles paralelos que indiquen
los grosores y empezar a excavar los
cimientos y hacer la mezcla de la masa con arena, cal y agua en las debidas
proporciones… pero eso para el maestro constructor es pan comido. Lo importante
y básico es que el eje de la planta de
su iglesia, suya porque él la va a construir, está ya bien marcado.
El monje del lugar da gracias a Dios y a San Rodolfo por haber ganado
la batalla al mal tiempo y porque el sol ha salido por el horizonte esta mañana
del 21 de Junio del año del Señor de 1170 y todos, el señor de Guerguitiáin,
sus súbditos y el monje del lugar bautizan al recinto que a partir de aquí se
levantará y lo dedican a San Martín de Tours, para que los proteja a ellos en
su peregrinaje en esta vida y a los penitentes peregrinos que llegan hasta
Guerguitiáin y siguen el camino de las estrellas hasta la tumba del apóstol
Santiago en los confines del fin del mundo.
(… continuará)
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