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jueves, 23 de julio de 2026

CASTILLO DE LEGUÍN. EN LA MEMORIA Y EN LA HISTORIA.

 

CASTILLO DE LEGUÍN. EN LA MEMORIA Y EN LA HISTORIA.

 

Por Simeón Hidalgo Valencia (23 de julio de 2026)

 


Hoy es 23 de julio y en tal día como hoy, pero del año 924, el mayor ejército de la época, las huestes del emir Abderramán III, en su Campaña contra Pamplona, cruzaron el Valle de Izagaondoa y arrasaron todo a su paso.

Hoy se cumplen los 1102 años de esos hechos en los que el Castillo de Leguín, fortaleza importante en la defensa del reino que vigilaba el camino real de Pamplona a Sangüesa fue destruido por primera vez. Las crónicas árabes lo citan también por primera vez.

Cuando hace dos años se conmemoraron los 11 siglos de esta cita, ningún organismo oficial parece que se acordó del hecho y solamente los lugareños, los que están en contacto diario con su pequeña historia, se acordaron y subieron a conquistar de nuevo este lugar que un día fue estratégico, aunque hoy sea una ruina. Ruina, hay que decirlo, fomentada por la falta de interés de quien debería defender estos patrimonios arrasados pero que, como testigos de la Historia, siguen reclamando se les tenga en cuenta.

No sé qué pasa con el Castillo de Leguín que sigue ahí esperando su turno para que la Institución Príncipe de Viana se decida a hacer algo por sacarlo del olvido al que se le ha sometido y recuperar su memoria, pues forma parte de la Historia de los orígenes del Reino de Pamplona. Sería un buen detalle que haría visible la tan de moda preocupación por el desarrollo de nuestros pueblos.

Yo, en su día, lo recordé y escribí sobre el Castillo de Leguín y no lo olvidé y menos lo desprecié, minimizando su papel dentro del patrimonio navarro como otros hicieron.

Hoy 23 de julio lo vuelvo a recordar al cumplirse, al menos, sus 1102 años. Sus restos siguen ahí interpelándonos.

En su recuerdo añado el Capítulo 12 del libro “Castillo de Leguín. (924-2024) En la Memoria y en la Historia”.

 

“¡Sí! ¡Era el tiempo de la parca, el día del juicio final, el momento de la venganza suprema!

Este era el pensamiento que día y noche maquinaba el emir Abderramán en su cabeza y se propuso llevarlo a rajatabla no sólo hacia el infiel rey de Pamplona, sino también hacia los reyezuelos musulmanes que, bajo apariencia de sumisión, lo que más les interesaba era vivir siendo independientes del poder cordobés. Por eso no emprendería el camino directo hacia la frontera del norte, sino que primero impuso su autoridad entre sus supuestos seguidores para que, de una vez por todas, tanto los creyentes de Alá como los infieles cristianos conocieran su ira y su poder.

Y con esta idea y un inicial poderoso ejército partió de Córdoba el 9 de abril del 924 y empleó más de dos meses confirmando su autoridad a medida que avanzaba y engrosando aún más las huestes de su ejército con las fuerzas de combate de los musulmanes de Baza, Lorca, Murcia, Játiva, Valencia, Alpuente, Daroca, Calatayud y“Al Nasir, continuando su marcha a la cabeza de los guerreros tan numerosos como granos de arena, penetró en Tudela, plaza fronteriza, y los Tuchibíes y otros se presentaron ante él; se le juntaron los gobernadores de la frontera que llevaban tropas numerosas y perfectamente equipadas…”

Más de 50.000 soldados había reclutado durante esta primera fase entre caballeros, arqueros o infantes, amén de un numeroso ejército de civiles, hombres, mujeres, niños y niñas que atendían las necesidades de los combatientes. Con ellos saldría decidido desde Tudela hasta el corazón de la guarida del pérfido Sancho, llevando en sus ojos el fuego destructor, en su pecho el odio y en su fuerte brazo la cimitarra alzada dispuesta a segar cabezas coronadas.

“… y entró en territorio cristiano el sábado 4 rabí II (10 julio) con la firme intención y el decidido proyecto de vengar a Alá y su religión de los miserables e impuros infieles”.

El rey Sancho convocó a los señores y a la vista de los informes de sus espías, que le describían las fuerzas del ejército musulmán realmente tan numeroso como los granos de arena y las estrellas del firmamento, dio la orden de que a medida que se atisbara en lontananza la polvareda levantada en su avance y vieran oscurecerse el horizonte, todos los habitantes, desde los niños hasta los ancianos recogieran su ganado y la cosecha que pudieran transportar y abandonaran sus aldeas. Que se escondieran y refugiaran en lugares recónditos, fuese en la espesura de los bosques, en cuevas inaccesibles o en las cimas de las altas montañas donde estuvieran siempre en situación de ventaja si tuvieran que luchar con sus propios medios contra sus invasores.

Igualmente decidieron la forma de lucha que presentarían a sus enemigos al que tendrían constantemente vigilado en sus movimientos aprovechando los lugares angostos, desfiladeros y vados de los ríos para caer por sorpresa sobre la retaguardia o sobre su avanzadilla, evitando el campo abierto y al grueso de sus fuerzas. Hostigarlos a base de la guerra de guerrillas y emboscadas causándoles en poco tiempo el mayor número de bajas.

Sabía de la crueldad que el emir, su sobrino político, empleaba y por ello decidió que mejor arrasara las aldeas, las fortalezas, los campos y las cosechas que la vida de sus gentes.

Desde la distancia prudencial que la guerra requería controlaría cada movimiento que hiciese y actuaría en consecuencia enviando las tropas adecuadas a cada situación. Allá por donde pasara, Abderramán se encontraría con las puertas abiertas, con las casas vacías, las fortalezas rendidas y esta estrategia, pensaba el rey Sancho, enfurecería más y más al emir cordobés y sería más fácil que su falta de templanza le hiciese cometer más de un error estratégico.

Así se encontró al primero de los castillos al que se dirigió: “El primer sitio en que acampó dentro ya de su territorio fue el Castillo de Cárcar (Qlgra), que Sancho había evacuado; lo hizo desmantelar y quemó todo lo que en él había”.

Peor suerte tuvo un grupo de aldeanos de Peralta, lugar al que se dirigió después de Cárcar, pues a pesar de haberse refugiado en las cuevas del acantilado, el emir mandó a sus expertos escaladores y dieron con ellos y sin piedad los aniquilaron. No hubo piedad para nadie.

“De ahí pasó al lugar llamado Peralta (Bitra Alta) en cuyos alrededores se encontraban castillos fuertemente situados; los cristianos los evacuaron, pero dejando en la llanura todos sus bienes y víveres, que no tuvieron tiempo de llevarse. Algunos de ellos se refugiaron con sus mujeres e hijos en tres cuevas situadas al extremo de una cortadura dominando el valle; pero nuestros soldados no cesaron en sus ataques, y bien elevándose hasta allí, bien bajando hacia ellos, acabaron, gracias, gracias a Alá, por dominarlos; mataron a los hombres, redujeron a los niños a la esclavitud y se apoderaron de lo que dejaron los vencidos, encontrando allí el primer botín con que Alá le gratificó en el curso de la campaña. Los castillos de esta región fueron destruidos y no se dejó una piedra en pie”.

Este era el destino de quien cayera bajo las garras musulmanas. La muerte y en el mejor de los casos la esclavitud. Mujeres y niños que iban engrosando el botín de guerra junto a las riquezas materiales que los vascones dejaban en la aldea por no poder acarrearlos. Detrás de las tropas musulmanas sólo quedaba muerte y destrucción, piedras humilladas de altivas fortalezas, cosechas y viviendas quemadas y un olor fétido a carne humana en descomposición bajo bandadas de buitres carroñeros. Pero dado que el emir Abderramán no tomaba posesión de la zona destruida y ni ponía guarnición militar en los castillos, que se limitaba a destruirlos, pasada la tormenta volvía la calma y la vida renacía con los supervivientes que empezaban de nuevo a reedificar las casas de su aldea.

Desde Peralta se dirige el ejército invasor a Falces y de aquí a Tafalla y Carcastillo decidido a penetrar en la misma cuna del nacimiento del impío rey Sancho Garcés I, una vez superado, siempre vigilante y en orden de batalla el desfiladero de Al-Markwir “…llevando sus tropas por lugares donde jamás habían penetrado, incendió los castillos y arruinó las viviendas hasta que llegó a la aldea de Bashkwnsa (Bakwnsa), de donde el cristiano era originario y donde fueron destruidas todas las casas y todo lo que se encontró fue incendiado”.

Pero no todo eran victorias del emir porque también tuvo no pocas bajas en su recorrido veraniego por las tierras vasconas hasta llegar a Pamplona, aunque las crónicas árabes las minimizan y contrarrestan estos fracasos con exageradas victorias. Así se aprecia en el relato de la jornada del 21 de julio.

“Entonces Sancho reunió a sus correligionarios y mandó pedir socorro a todos los países cristianos de donde podía esperarlo, si bien él se encontraba a la cabeza de fuerzas con las que contaba hacer frente a los musulmanes. Como en la noche del martes al miércoles 15 rabí II (21 julio), un grupo de caballeros vigilaba desde las montañas que dominaban nuestras tropas, al-Nasir hizo tomar las medidas de combate, apretar las filas y organizar una activa vigilancia. Llegada la mañana, se puso en camino y siguió siempre adelante, poniendo su confianza en Alá y contando con su apoyo. Se encontró así en medio de altas montañas y picos aislados, donde los enemigos de Alá esperaban encontrar una ocasión favorable para caer, bien sobre un ala, o en la retaguardia de los nuestros. El ejército estaba metido en estos estrechos lugares, cerca del río Hega (Hyga), cuando los caballeros enemigos descendiendo de las alturas iniciaron una escaramuza sin importancia. El Emir hizo desmontar su gran tienda, tomó sus disposiciones de combate y los musulmanes se lanzaron como leones sobre sus enemigos, pasaron el río para llegar hasta ellos y les cargaron con rabia hasta que fueron desalojados y puestos en fuga; después a golpes de sable y de lanza les obligaron a ganar un lugar escarpado en una montaña aislada. Pero los musulmanes les asaltaron y habiéndoles Alá allanado las dificultades de acceso, mataron gran número de enemigos, cuyos cadáveres cubrieron el suelo. La caballería saqueó la llanura sin descanso y recogió botín, ganado y toda clase de riquezas. El ejército se retiró sano y salvo, no habiendo perdido más que a Yakub ibn Abu Jalid Tuberí y un pequeño número de hombres del cortejo del príncipe que encontraron el martirio y para los que Alá había decretado la felicidad celeste. Se reunió gran número de cabezas de cristianos que la dificultad de los caminos y la gran distancia impidieron enviar a Córdoba”.

 

El camino real que unía Sangüesa con Pamplona, la aldea natal de rey Sancho la primera, y la gran ciudad, centro de su reino la segunda, transcurría camino de Lumbier y seguía por Urraúl recorriendo después la llanura interior de Izagaondoa, entre la sierra de Gongolaz y la Peña Izaga y tornaba después hacia el Poche de Lakidáin divisando desde su altura la rica comarca de Pamplona.

En estos días de julio de 924 lo recorrían afanados labradores que iban y venían a realizar sus faenas en el campo, dispuestos a recoger la cosecha del cereal. También pasaban, con el paso ligero, algunos penitentes peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela buscando en este trayecto la protección de los hombres del rey, que no cesaban de llegar para situarse en lugares estratégicos preparando las emboscadas al ejército musulmán.

 Eran días de duro trabajo, la misma tarea hora tras hora, los mismos movimientos desde el amanecer hasta la puesta del sol, descansando únicamente a la hora sexta cuando el sol llegaba a su cenit y se agradecía una buena sombra para echar la siesta después de alimentarse con las viandas que las mujeres o los niños habían llevado hasta el campo.

Se trabajaba de prisa intentando poder salvar cuanta más cosecha mejor, pues las noticias que llegaban desde Sangüesa por boca de los mensajeros que se dirigían hasta Pamplona no eran buenas. Los moros habían salido de Tudela y habían penetrado en territorio cristiano y el mismo emir de Córdoba venía al frente de un numeroso ejército que a su paso sembraba de muerte los caminos y arrasaba aldeas, fortalezas y todo lo que se le interpusiera. Quien no moría degollado era tomado como esclavo. Todo el mundo debía prepararse, pues la ruta que el ejército musulmán había tomado era precisamente el Camino Real.

La paz en el valle se terminó de repente al ver a los mensajeros del rey Sancho galopar como el viento camino de Pamplona avisando a voz en grito, sin detenerse, del terror que se les acercaba. Se había visto al enemigo en dirección a Lumbier y en una jornada o dos la tierra de Izagaondoa temblaría al paso del numeroso ejército musulmán. Había que apurar el trabajo pues lo que no se llevaran consigo o lo ocultaran en lugar seguro sería botín de guerra del emir. Había que asegurarse el pan hasta la cosecha siguiente.

Las noticias que dejaban al trote los mensajeros eran cada vez más inquietantes. “El Emir llegó después a la etapa de Lumbier (Labira)”. Lumbier había sido arrasada, su castillo derruido, sus casas, las cosechas del cereal y hasta sus viñedos ardían oscureciendo el sol por el horizonte. Su próximo objetivo, Izagaondoa.

Era el mes de julio del año 924, día 23 y en todas las aldeas de Izagaondoa reinaba la quietud y el silencio.  Ni los gallos cantaron al amanecer.  Sus gentes habían seguido la consigna del rey García y de los señores. –“Que el musulmán no encuentre más que vacío a su paso”. Así pues, la noche anterior salieron con todo lo que pudieron de sus casas y se ocultaron en los bosques unos o subieron a lo alto de la Higa de Izaga otros, buscando la protección de los soldados vascones que desde la cima vigilaban ocultos, o se alejaron hasta los valles cercanos, pero lejos del camino real.

En la oscuridad el cielo resplandecía rojizo a causa de los incendios provocados por la avanzadilla enemiga mientras cientos de antorchas se dispersaban en todas las direcciones de la llanura, menos hacia Lumbier, pues desde allí venía el mal. Familias enteras con sus pocos enseres, sus provisiones y sus animales de granja buscaban seguir vivos al amanecer.

Era el 23 de julio y el día amaneció soleado hace casi mil cien años hoy, y como en el 23 de julio de 2009, decía el abuelo desde la experiencia de lo mal que lo pasó, todos en el valle, señores y campesinos, temieron por sus vidas y guardaron silencio y vigilaron desde sus escondites el paso de este destructor ejército. ¿Qué quedaría en pie?, se preguntaban inquietos.

Ocultos a lo largo de la crestería de la Higa de Izaga cientos de ojos vigilaban al ejército musulmán que avanzaba por el paso entre las extremidades de la sierra de Tabar y la de Gongolaz entrando en el valle de Izagaondoa. Lo recorrerían hacia el oeste en dirección a Pamplona.

Era el mes de julio, era el mes de la siega y en los campos no había ni un segador, ni una carreta transportando las gavillas de trigo. El valle parecía muerto.

Los soldados del emir buscaban hacerse con un buen botín, pero poco encontraron por lo que a su paso daban fuego a todo lo que ardía, campos, casas, árboles frutales y bosques.

“¡Que mueran de hambruna y frío en el próximo invierno!”. Las tropas del rey Sancho se limitaron a vigilar. No tendieron escaramuzas. Había que conservar las fuerzas para las siguientes jornadas. Al fin y al cabo, la gente del valle estaba a salvo y ninguno osó desobedecer el mandato del rey.

 

En la etapa número 13 de la campaña del 924 el emir se dirigió “luego a la de Leguín (Lgïn); las tropas arrasaban todo a su paso, destruían las cosechas, arruinaban las aldeas y castillos”.

Y el castillo situado en la cumbre de Leguín era el faro que vigilaba toda la llanura y en él puso su penetrante y turbia mirada el emir cordobés y lo sentenció, como a todas las torres de vigía y castillos que había encontrado a su paso, a ser desmantelado piedra a piedra. 

Por todas las laderas del monte subían los soldados musulmanes encargados de estas operaciones de desmantelar las fortalezas cristianas y a su paso toda la vida desaparecía. Talaron el arbolado, mataron animales que salían de sus guaridas, envenenaron los manantiales de agua y arrasaron el poblado que habían levantado los vascones a la sombra de la alta torre circular del castillo. Tampoco aquí encontraron resistencia. Las puertas estaban abiertas dándoles la bienvenida.

De alguna manera esta era la victoria del rey Sancho sobre Abderramán, pues lo que destruía se volvería a levantar una vez pasara la tormenta. Las gentes volverían a su tierra y piedra a piedra levantarían las aldeas, el castillo y renacería la vida, los campos abonados por el fuego darían la próxima primavera nuevas espigas y el mes de julio, como todos los años, los campos se llenarían de trabajadores recogiendo la nueva cosecha.

Terminada la demolición del castillo los soldados se unieron a las tropas que en su avanzada hacia el poche de Laquidáin saqueaban todo a su paso. Desde la cumbre de Izaga las tropas cristianas vigilaban y se aprestaron a llegar a Pamplona antes que su enemigo, mientras desde el valle las llamas subían hacia los altos avivadas por un fuerte viento que hizo recordar a más de uno la imagen de los fuegos del infierno.



Al ponerse el sol Izagaondoa estaba arrasada. Algunos vecinos, los más valientes bajaron al llano. En sus rostros se reflejaba el dolor por la desolación, pero a la vez la esperanza por el futuro y las ganas de vivir. Los niños que los acompañaban eran su motivación y aunque se habían quedado sin techo no les importó dormir al raso en una noche doblemente calurosa de finales del mes de julio. Era la noche del 23 y en la cima de Leguín la luna ya no iluminaba la torre circular del castillo.

Las tropas del emir derribaron también la torre de vigía de la cima de Irulegui y el mismo Abderramán subió en su caballo y vio desde su altura la llanada de la cuenca de Pamplona. Allí estaba la cuna del impío Sancho. Allí, se vengaría cien veces. “Allí, mañana, segaré a cuchillo, como a corderos, los cuellos de sus habitantes. Como la antigua Cartago, Pamplona y sus gentes desaparecerán mañana”.

 

El mañana llegó y fue un paseo del emir hacia Pamplona y enfureció porque “llegando así a Pamplona, que se encontraba abandonada y desierta. El príncipe en persona penetró allí y después de haber recorrido la población, dio orden de destruir todas las viviendas y la iglesia que allí había y que servía de templo a los infieles para realizar sus prácticas religiosas; no quedó piedra sobre piedra”.

Fue lo más que pudo hacer, pues ni una sola cabeza segó y como en todos los lugares por los que pasó sólo pudo incendiar cosechas, destruir murallas, derribar y quemar casas, iglesias y palacios. Ni tomó posesión de aldeas, fortalezas o ciudades. Pasó cual ráfaga de fuego destructor y se dirigió de nuevo hacia Tudela donde los muladíes Banu Casi fueron despojados de su poder y llevados a Córdoba como fuerzas de su ejército. En su lugar confió la defensa de Tudela a los tuchibíes de Zaragoza en la persona de Abn  Yahya Muhammad ibn Abd al Rahman ibn Abd al-Aziz y sus descendientes.

Aunque había habido bajas en el ejército de Sancho Garcés y mujeres y niños fueron hechos prisioneros y vendidos como esclavos, pasado el huracán las cosas volvieron a su ser…

 

El reino de Pamplona se fue expandiendo y consolidando durante doscientos años, hasta que el rey Sancho VI, el Sabio, pudo firmar sus disposiciones como el rey de Navarra.

Para entonces el Castillo de Leguín había sido reedificado y vuelto a ser el faro de vigía de Izagaondoa, en el que el mismo rey Sabio tuvo su refugio en momentos otra vez turbulentos bien avanzado ya el siglo XII”.

martes, 3 de diciembre de 2024

FERIA DEL LIBRO DE OTOÑO EN URROZ-VILLA

 

FERIA DEL LIBRO DE OTOÑO EN URROZ-VILLA 

Por Simeón Hidalgo Valencia (3 de diciembre de 2024)

 

En Urroz-Villa, titulada modernamente como “Urroz-Villa del Libro”, dado el impulso que sus tres librerías están desarrollando para fomentar, a través de sus variadas actividades, el amor por los libros, con todo lo que ello implica para el fomento de la cultura en niños y mayores, se vienen celebrando estos últimos años las Ferias del Libro en cada una de sus cuatro estaciones. 

El pasado fin de semana, 30 de noviembre, sábado, y 1 de diciembre, domingo, tuvo lugar la correspondiente al otoño. La asociación Grupo Valle de Izagaondoa, que promueve también la cultura y la difusión del rico patrimonio de la Comarca de Izaga estuvo presente con sus tres novedades editoriales de este año que termina de 2024. 

En este año la asociación ha querido recordar a las gentes de Navarra los 1100 años, 11 siglos, al menos, de la existencia del Castillo de Leguín, si nos atenemos a las crónicas musulmanas que relatan la razia del 924 llevada a cabo por el emir Abderramán III contra la capital del incipiente reino de Pamplona. En su recorrido, el ejército del emir pasó por Izagaondoa el 23 de julio y puso su mirada en el Castillo de Leguín y no dejó de él piedra sobre piedra. Pero volvió a levantarse hasta que por segunda vez fue destruido en 1512 tras la conquista de Navarra por el reino de Castilla y ya no levantó cabeza y hoy siguen sus restos dispersos por la ladera del monte, sin que a nuestros gobernantes y responsables culturales les produzca el menor rubor. 

Por ello, la citada asociación ha querido ofrecer la oportunidad de recuperar su memoria y valorar la importancia que tuvo dentro de la Historia de Navarra en esta parte de su territorio durante más de los 588 años que sabemos con seguridad estuvo en pie. Esta Memoria y esta Historia forman parte del título del libro. “CASTILLO DE LEGUÍN (924-2024) EN LA MEMORIA Y EN LA HISTORIA”. Trabajo realizado por el que esto escribe. 


Junto a él, nuestra compañera de asociación, Gemma Morraja, nos ha presentado con gran éxito y acogida su primera obra titulada “EDERRA”, que nos cuenta de manera novelada otra historia que forma parte del extenso “Patrimonio Emigrado” de Navarra. Se trata de la hermosa talla románica de la Virgen del antiguo monasterio de Elizaberria, cuyas ruinas todavía se pueden ver, entre Zabalza y Salinas de Ibargoiti. 

La imagen emigró a América en algún año de la tercera década del siglo XX presuntamente saltándose, quienes traficaron con ella, todas las leyes del momento sobre el patrimonio artístico, pero si triste fue este momento, también lo fue el correspondiente al siglo XXI, cuando se produjo su última subasta y nadie, de manera oficial, tubo el mínimo interés por recuperar nuestro patrimonio. 

Otra vez a gobernantes y responsables culturales este desaire a nuestro arte no les produjo ni una pizca de rubor y con argumentos   poco convincentes declinaron la puja y se quedaron tan a gusto sentados en su poltrona.


Con esta publicación, nuestra asociación, de alguna manera, la hemos recuperado para todas las gentes de Navarra y muy en especial para las de Salinas de Ibargoiti, de donde no hubo de haber salido nunca. A través de Gemma quienes lean esta novela apreciarán su belleza y seguro que la recordarán y volverán a verla presidiendo los rezos y escuchando las súplicas que desde lo íntimo de sus almas le dirigen, como hacían allá desde el siglo XIII los frailes del monasterio o las gentes de Salinas cuando en romería la procesionaban hasta el Santo Cristo de Cataláin junto a otras dos tallas marianas. “Las tres Marías”, las llamaban.   


  Y la tercera publicación que fue novedad en esta Feria del Libro de Otoño es el Calendario-2025, que recoge las ilusiones y el arte fotográfico de las personas que participaron en el concurso fotográfico organizado por la asociación bajo el lema “PAISAJE Y PATRIMONIO” de la Comarca de Izaga. 

Las 14 instantáneas seleccionadas por el jurado recibieron el honor de representar a cada uno de los doce meses del año, además de la portada y contraportada y dan a conocer los recursos culturales de nuestra comarca. 

Otra forma de mantener nuestro patrimonio vivo, pues como dice el dicho, “lo escrito, escrito queda”, según el título del proyecto de mecenazgo cultural que en este diciembre termina, que durante cinco años hemos ido desarrollando: “IZAGAONDOA VIVE / IZAGAONDOA BIZIRIK”.




Gemma Morraja Bullich, autora de “Ederra” con Dª. Clara Fernández Ladreda.
 


Simeón Hidalgo Valencia flanqueado por Dª. Asunción Domeño Martínez de Morentin y Dª. Clara Fernández Ladreda.


Gemma dialoga con Íñigo y su pareja, seguidores nuestros desde 2011. 


Muchas gracias a todas las personas que nos visitaron y adquirieron algunas de nuestras publicaciones.

 

 

martes, 2 de febrero de 2021

EL CASTILLO DE LEGUIN

 

EL CASTILLO DE LEGUIN 

Por Simeón Hidalgo Valencia (02 de febrero de 2021) 


Hace años que no subo a la cima del monte Leguin. No quiero tentar a la suerte por tercera vez y la verdad es que he perdido la memoria de cuándo fue la última, pero siempre que voy a Reta admiro este punto tan importante y, en parte, olvidado del valle de Izagaondoa y me pregunto cuándo se recuperará su memoria. 


El sábado pasado, día 30 de enero, me acerqué a Reta. Al llegar, el sol brillaba a la altura de la Peña de Izaga y desde allí iluminaba la cara sur de Leguin de una manera tan especial que me quedé sorprendido. La nitidez del paisaje invernal moteado aún de tonalidades ocres otoñales, unido al arbolado en gran parte carente de hojas, mostraba una cima más despejada que lo habitual en el resto del año.

Tan nítido y despejado lucía que lo primero que hice fue tomar posición en lo alto de la terraza de Patxi, mi cuñado, y sacar una serie de fotografías antes de que las nubes me borraran esa visión tan maravillosa de Leguin.


Me parecía que a simple vista veía los restos de su castillo medieval y quería comprobarlo a través de las fotografías que sacara. Al verlas, al momento comprobé que así era. Por primera vez, gracias a ese momento singular de la luz, divisé en la cumbre de Leguin una línea de piedras, restos de la antigua fortaleza, y me volví a imaginar al castillo en lo alto, como lo representé en 2009 con su torre del homenaje circular dominando altiva desde los riscos de la sierra de Gongolaz vigilando las tierras de Izagaondoa, Unciti, Urroz, Urraúl, Lizoáin, Arriasgoiti, Lónguida o Aoiz.


Hoy lo que quedan, son eso. Piedras desperdigadas, restos de muros y el arranque de una torre humillada desde hace 500 años. Poco más de una fortaleza que fue siempre objetivo militar a derribar por moros y cristianos a lo largo de su existencia.

Su importancia en la vida del Reino de Pamplona - Navarra queda reflejada en la documentación histórica más antigua. Los años de los asedios de 924 y de 1174 son muy conocidos, aunque no lo son tanto los que indican que el castillo o fortaleza de Leguin era muy importante en la estructura político militar del reino, pues los señores que lo gobiernan son en ocasiones firmantes o testigos de acuerdos o donaciones de reyes, monjes o señores de la nobleza o en los documentos se recuerda al personaje importante que está al frente de este lugar a la hora de fechar y signar el documento en cuestión.

Así se hace en la Documentación Medieval de Leire en papeles correspondientes a los años de 1014, 1015, 1024, 1057, 1079, 1085, 1112, 1136, 1137, 1170, 1171 y 1178.[1]

Por poner uno de estos ejemplos tomemos el correspondiente al año de 1171: 

Facta carta in era M ª. ccª.VIIIIª.,IIIIº, nonas iuni, feria .IIIIª., sanctorum Marcellini et Petri. Regnante rege Sancio in Nauarra. Episcopo Petro secundo de Artassona in Pampilona. Sancius Renimiriz in Leguin et in Sangossa et in Aiuar…”[2] 

Cuando se formó el Grupo cultural Valle de Izagaondo -desde el 2012 Asociación Grupo Valle de Izagaondoa- allá por 2010 se hicieron varias visitas guiadas a Leguin con el fin de recuperar su memoria y darlo a conocer a la sociedad navarra. En una de ellas hice la explicación a los asistentes y escribí la reseña de la actividad de esta manera:


LA CONQUISTA DEL CASTILLO DE LEGUÍN 


Alrededor de una docena de personas conquistaron el domingo, 10 de octubre de 2010, el Castillo de Leguín. Sin miedo a las inclemencias del tiempo este grupo de valientes voluntarios, convocados por el Grupo Cultural Valle de Izagaondoa, respondieron animosamente y a la hora prevista emprendieron la marcha.

Si el emir Abd Al Rahman III allá por el 924 o el rey castellano Alfonso VIII en 1174 acudieron con la intención de conquistarlo y destruirlo, este pequeño ejército lo ha hecho en son de paz para conocer su historia y sacarlo de su tumba centenaria.


Los restos de su torre de vigía circular, los cimientos perimetrales que protegían el recinto, así como los restos de la gran muralla que lo defendía, todo lo han observado absortos y se han preguntado por qué siguen estas piedras, que en su día defendieron al Reyno de Navarra, humilladas por los suelos, pudiendo ser de nuevo la atalaya que muestre a los izagaondoarras el camino del progreso en este siglo XXI.

A sus pies, la fuente de los moros también les ha recibido, pero no les ha podido invitar a probar de sus frescas aguas porque la bóveda se ha derrumbado y ha colmatado el recinto del aljibe, aunque ha clamado al cielo y una intensa lluvia les ha refrescado y hasta empapado hasta los huesos, pero la voluntad de estos valientes no se ha doblegado porque el domingo, día 10 de Octubre de 2010 conquistaron de nuevo el castillo de Leguín y ya en los llanos del valle  animan a sus vecinos a unirse para promover su recuperación ante la Institución Príncipe de Viana participando en la medida de sus posibilidades en la misma empresa.” 

De la fuente o aljibe medieval de Leguin también nos acordamos en “La Ruta de las Fuentes o Aljibes Medievales” realizada el 27 de junio de 2010, y de ella escribí: 


“Además, aunque no se visita en la actualidad, está la fuente de Los Moros en el monte de Leguín. Hay que rehabilitarla y en su momento será una visita en sí misma pues entrará dentro de la ruta de la fortaleza de Leguín, cuya importancia en la defensa del Reino de Pamplona y después de Navarra fue decisiva”.
 

Y hablando de la fuente o aljibe de Leguin también en su día se redactó un anteproyecto de recuperación en octubre de 2011, que por desgracia quedó en eso, en proyecto, a la espera de que en algún momento le llegará su hora, pero que al recordarlo en el presente 2021 veo que sigue teniendo plena validez. 

En la Memoria Escrita del “ANTEPROYECTO DE RESTAURACIÓN DE LA FUENTE DEL MORO” se hablaba del porqué de esta restauración y se decía: 

“De acuerdo con el objetivo básico de nuestro Grupo, planteamos la recuperación de La Fuente del Moro por ser parte del Patrimonio situado en el Valle de Izagaondoa.

En un valle que tiene la categoría de “deprimido” hay que movilizar todos los recursos para revitalizarlo. El Grupo está trabajando en este sentido y a través de sus actividades de tipo cultural y visitas guiadas está logrando que cada día más gente venga a visitarlo y a conocer sus joyas patrimoniales, entre las que La Fuente del Moro es una de ellas.

Con este criterio plantea la adecuación de la fuente y de su entorno. Este lugar podría ser la etapa de descanso en la que los montañeros-visitantes del Castillo de Legin, en la cumbre del mismo nombre, puedan hacer una primera parada en el ascenso y tomar un refrigerio a la sombra del robre existente junto a la fuente, sentados en el “merendero” que se habilitaría, con el mayor respeto al medio ambiente y al entorno. De esta manera se recuperaría parte del patrimonio y se daría a conocer. Se facilitaría la llegada de montañeros y estudiosos al subir al Castillo y formaría parte de la oferta cultural del Grupo Valle de Izagaondoa.” 

Y en el resumen del proyecto escrito se recogían estos nueve puntos: 

“Este proyecto:

-Intenta recuperar el Patrimonio del Valle de Izagaondoa.

-Propone la colaboración de todos:

                -Propiedad.

                -Corporación Municipal.

                -Vecinos.

-Beneficia a todas las partes implicadas.

-Dará más vida a nuestro Valle de Izagaondoa.

-Creará puestos de trabajo, si se promueve a través del INE.

-Unirá más a los vecinos en una empresa común. Auzolan.

-Permitirá contar con una fuente más en la “Ruta de las                     Fuentes”.

-Potenciará la oferta turística del valle.

-Abrirá el camino para poder actuar arqueológicamente en el             Castillo de Legin.” 

La Memoria Gráfica es la siguiente: 







El sábado pasado, día 30 de enero de 2021, una luz especial, nunca vista por mí, iluminó el monte Leguin y como en la cercana iglesia de San Martín de Artáiz en los solsticios y equinoccios la luz me ha ayudado a ver lo que habitualmente no veo y a descubrir y destapar las huellas de la Historia de Izagaondoa y también las huellas de los primeros pasos, escritos y proyectos que impulsé desde el Grupo Valle de Izagaondoa, allá por el 2010-2011 y lo muestro ahora, tras el paso de una década, en la esperanza de que las gentes de Izagaondoa serán, ahora, más receptivas y activas en la recuperación del patrimonio que Leguin esconde.





[1] ANGEL J. MARTÍN DUQUE, Documentación medieval de Leire (siglos IX a XII), Diputación Foral de Navarra. Institución Príncipe de Viana. Pamplona 1983. Documentos Nº: 15, 16, 17, 18, 22, 52, 53, 58, 104, 115, 247, 310, 311, 322, 328, 329, 330, 341,

[2] Idem, documento nº 329, pág.426-427.